Comentarios de Evangelio

30 de Enero de 2022
IV domingo Tiempo Ordinario - Ciclo C
(Jr 1, 4-5.17-19; 1 Co 12, 31 – 13, 13; Lc 4, 21-30)

Comentarios de Evangelio
"Relais d'Évangile"

Antiguamente en la revista " Le Règne de Jésus par Marie "

Gracias a todos los cooperadores Montfortianos

Diciembre (Ciclo C) 2021

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5 de Diciembre -
II Domingo de Adviento

12 de Diciembre -III Domingo de Adviento

19 de Diciembre - IV Domingo de Adviento

25 de Diciembre - La Navidad del Señor

26 de Diciembre - La Sagrada Familia

Enero (Ciclo C) 2022

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2 de Enero - II Domingo de Navidad

9 de Enero - Bautismo del Señor

16 de Enero -II Domingo Tiempo Ordinario

23 de Enero -III Domingo Tiempo Ordinario

30 de Enero -IV Domingo Tiempo Ordinario

Ciclo C

“La Palabra revela a Dios y nos lleva al hombre.”

En la primera Lectura y en el Evangelio encontramos dos gestos paralelos: el sacerdote Esdras tomó el libro de la ley de Dios, lo abrió y lo proclamó delante de todo el pueblo; Jesús, en la sinagoga de Nazaret, abrió el volumen de la Sagrada Escritura y leyó un pasaje del profeta Isaías delante de todos.

Son dos escenas que nos comunican una realidad fundamental: en el centro de la vida del pueblo santo de Dios y del camino de la fe no estamos nosotros, con nuestras palabras; en el centro está Dios con su Palabra.

Todo comenzó con la Palabra que Dios nos dirigió. En Cristo, su Palabra eterna, el Padre «nos eligió antes de la creación del mundo» (Ef 1,4). Con su Palabra creó el universo: «Él lo dijo y así sucedió» (Sal 33,9). Desde la antigüedad nos habló por medio de los profetas (cf. Hb 1,1); por último, en la plenitud del tiempo, nos envió su misma Palabra, el Hijo unigénito (cf. Ga 4,4).

Por esto, al finalizar la lectura de Isaías, Jesús en el Evangelio anuncia algo inaudito: «Esta lectura se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). Se ha cumplido; la Palabra de Dios ya no es una promesa, sino que se ha realizado. En Jesús se hizo carne. Por obra del Espíritu Santo habitó entre nosotros y quiere hacernos su morada, para colmar nuestras expectativas y sanar nuestras heridas.

Hermanas y hermanos, tengamos la mirada fija en Jesús, como la gente en la sinagoga de Nazaret (cf. v. 20), —lo miraban, era uno de ellos: ¿qué novedad? ¿qué hará éste, del que tanto se habla?—  y acojamos su Palabra. Meditemos hoy dos aspectos de ella que están unidos entre sí: la Palabra revela a Dios y la Palabra nos lleva al hombre. Ella esta al centro, revela a Dios y nos lleva al hombre.

En primer lugar, la Palabra revela a Dios.

Jesús, al comienzo de su misión, comentando ese pasaje específico del profeta Isaías, anuncia una opción concreta: ha venido para liberar a los pobres y oprimidos (cf. v. 18).

De este modo, precisamente por medio de las Escrituras, nos revela el rostro de Dios como el de Aquel que se hace cargo de nuestra pobreza y le preocupa nuestro destino.

No es un tirano que se encierra en el cielo, esa es una fea imagen de Dios, sino un Padre que sigue nuestros pasos. No es un frío observador indiferente e imperturbable, un Dios “matemático”. Es el Dios con nosotros, que se apasiona con nuestra vida y se identifica hasta llorar nuestras mismas lágrimas. No es un dios neutral e indiferente, sino el Espíritu amante del hombre, que nos defiende, nos aconseja, toma partido a nuestro favor, se involucra y se compromete con nuestro dolor. Siempre está presente allí.

Esta es «la buena noticia» (v. 18) que Jesús proclama ante la mirada sorprendida de todos: Dios es cercano y quiere cuidar de mí, de ti, de todos. Y este es el modo de tratar de Dios: la cercanía. Él se define a sí mismo de esta manera; dice al pueblo, en Deuteronomio:

«¿Cuál es la gran nación que tenga dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?» (cf. Dt 4,7).

Él es un Dios cercano, compasivo y tierno, quiere aliviarte de las cargas que te aplastan, quiere caldear el frío de tus inviernos, quiere iluminar tus días oscuros, quiere sostener tus pasos inciertos. Y lo hace con su Palabra, con la que te habla para volver a encender la esperanza en medio de las cenizas de tus miedos, para hacer que vuelvas a encontrar la alegría en los laberintos de tus tristezas, para llenar de esperanza la amargura de tus soledades. Él te hace caminar, no dentro de un laberinto, más bien por el camino, para encontrarlo cada día.

Hermanos, hermanas, preguntémonos: ¿llevamos en el corazón esta imagen liberadora de Dios, del Dios cercano, compasivo y tierno o pensamos que sea un juez riguroso, un rígido aduanero de nuestra vida?

¿Nuestra fe genera esperanza y alegría o me pregunto si entre nosotros está todavía determinada por el miedo? ¿Qué rostro de Dios anunciamos en la Iglesia, el Salvador que libera y cura o el Dios Temible que aplasta bajo los sentimientos de culpa?

Para convertirnos al Dios verdadero, Jesús nos indica de dónde debemos partir: de la Palabra. Ella, contándonos la historia del amor que Dios tiene por nosotros, nos libera de los miedos y de los conceptos erróneos sobre Él, que apagan la alegría de la fe.

La Palabra derriba los falsos ídolos, desenmascara nuestras proyecciones, destruye las representaciones demasiado humanas de Dios y nos muestra su rostro verdadero, su misericordia. La Palabra de Dios nutre y renueva la fe, ¡volvamos a ponerla en el centro de la oración y de la vida espiritual! Al centro la Palabra que nos revela como es Dios y nos hace cercanos a Él.

Y ahora, el segundo aspecto: la Palabra nos lleva al hombre.

Justamente cuando descubrimos que Dios es amor compasivo, vencemos la tentación de encerrarnos en una religiosidad sacra, que se reduce a un culto exterior, que no toca ni transforma la vida. Esta es idolatría, escondida y refinada, pero idolatría al fin. La Palabra nos impulsa a salir fuera de nosotros mismos para ponernos en camino al encuentro de los hermanos con la única fuerza humilde del amor liberador de Dios.

En la sinagoga de Nazaret Jesús nos revela precisamente esto: Él es enviado para ir al encuentro de los pobres – que somos todos nosotros – y liberarlos.

No vino a entregar una serie de normas o a oficiar alguna ceremonia religiosa, sino que descendió a las calles del mundo para encontrarse con la humanidad herida, para acariciar los rostros marcados por el sufrimiento, para sanar los corazones quebrantados, para liberarnos de las cadenas que nos aprisionan el alma.

De este modo nos revela cuál es el culto que más agrada a Dios: hacernos cargo del prójimo. Volvamos sobre esto. En el momento en el que en la Iglesia están las tentaciones de la rigidez, que es una perversión, y se cree que encontrar a Dios es hacerse más rígido, con más normas, las cosas justas, las cosas claras… no es así. Cuando nosotros veremos propuestas rígidas, inmediatamente pensemos: esto es un ídolo, no es Dios, nuestro Dios no es así….

«Esta lectura que acaban de oír – dice Jesús – se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). La Palabra quiere encarnarse hoy, en el tiempo que vivimos, no en un futuro ideal.

Una mística francesa del siglo pasado, que eligió vivir el Evangelio en las periferias, escribió que la Palabra del Señor no es «“letra muerta”, sino espíritu y vida. […] Las condiciones de la escucha que reclama de nosotros la Palabra del Señor son las de nuestro “hoy”: las circunstancias de nuestra vida cotidiana y las necesidades de nuestro prójimo» (M. Delbrêl, La alegría de creer, Sal Terrae, Santander 1997, 242-243).

Entonces, preguntémonos: ¿queremos imitar a Jesús, ser ministros de liberación y de consolación para los demás poniendo en práctica la Palabra? ¿Somos una Iglesia dócil a la Palabra; una Iglesia con capacidad de escuchar a los demás, que se compromete a tender la mano para aliviar a los hermanos y las hermanas de aquello que los oprime, para desatar los nudos de los temores, liberar a los más frágiles de las prisiones de la pobreza, del cansancio interior y de la tristeza que apaga la vida? ¿Queremos esto?

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica de San Pedro,
III Domingo del Tiempo Ordinario,

23 de enero de 2022

Un abrazo, mi oración y mucha salud. Antón

- Oración (La misa de cada día: Josep Otón Catalá)

30 de Enero

Gracias, porque no te quedas nunca
en nuestras reacciones,
tan a menudo poco acogedoras,
poco abiertas a las sorpresas
de las manifestaciones de tu amor.
Gracias, porque no nos reprochas cada vez que,
desconcertados quizás por la exigencia de tu palabra
o por el empuje de tu gesto,
no hemos sabido entender tu manera de actuar
que tan a menudo rompe los esquemas de toda lógica
y solo sabe dar las razones de la lógica
de tu amor loco y de tu perdón incondicional.
Que no nos frene el rechazo de los demás,
que no nos falte la confianza en tu palabra,
que nuestra seguridad esté en el Padre.

.

Ayúdanos a vivir en profundidad la eucaristía,
y que, como el salmista, nuestros labios hablen,
canten y proclamen tu salvación,
porque eso eleva nuestras almas.
Que no olvidemos
que los dones personales más brillantes
son inútiles si no nos mueven desde la caridad
y a favor de los demás.
Ayúdanos a ver con sinceridad
cómo vamos en nuestra manera de amar.
Que seamos coherentes con nuestra oración,
a la que tu nos llamas,
que no es otra que la de ser y hacer a tu estilo, con la mirada puesta en los más necesitados.
Gracias, porque estás aquí y caminas con nosotros.

http://www.cipecar.org/

Lectura orante del Evangelio: Lucas 4,21-30

¡Silencio! Decir lo que haya que decir y luego callarse. Porque la verdad es mansa,
la verdad es silenciosa, la verdad no es ruidosa (Papa Francisco
)

José Antonio Nieto (España)

Todos se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es éste el hijo de José?
Orar es estar con Jesús. Y a Jesús lo vemos ungido por la fuerza del Espíritu, como presencia visible el amor del Padre. Salen de su boca palabras de gracia; desecha la venganza de Dios hacia los paganos y se atreve a anunciar la vida nueva para todos los pueblos. Se presenta como profeta que libera y perdona, con fuego dentro, con pasión de amor. En él se cumplen las promesas de salvación.  Ofrece una alternativa fascinante, una nueva narración de ternura a la humanidad. Orar es aceptar esta nueva forma de amar de Jesús. Ven Espíritu sobre nosotros. Renueva nuestra condición profética, recibida al ser bautizados en Jesús.

Y Jesús les dijo: ‘Sin duda, me recitaréis aquel refrán: Médico, cúrate a ti mismo; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm’.
Orar es caminar con Jesús. Y a Jesús lo vemos como profeta comprometido que trae una nueva noticia para todos, como presencia que se entrega por amor al Padre. Viene a los suyos con el desafío de la paz; ha puesto en ellos su pensamiento, pero sorprendentemente los suyos se ausentan de él, no quieren gozar de su presencia; le cierran las puertas con hostilidad, lo rechazan, no aceptan esa forma suya, tan peculiar, de amar. Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, no se echa para atrás, no esconde la palabra, afronta con libertad la hostilidad del mal. Orar es creer en el amor de Jesús, disfrutar de su fortaleza y libertad, acallar los ruidos del miedo que apoca la profecía. Lo nuestro es acoger tu amor, Jesús, responder a tu amor con el nuestro.  

Al oír esto, todos se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo… con intención de despeñarlo.
Orar es atreverse a vivir como Jesús con la ayuda del Espíritu aun en medio de la prueba. No es fácil esto. Parece tan débil una forma de vivir así en medio del fragor de la violencia, de la envidia, de la injusticia, de la prepotencia de quienes no quieren que el mundo se ponga del revés, al estilo del canto del Magníficat; parece tan débil eso de amar por encima de todo… que solo es posible en el Espíritu de Jesús. Orar es optar por vivir la bella propuesta de Jesús, dejar que él despierte nuestras energías para emplearlas en la llegada de su Reino.

Sí, Jesús, juntos andemos.  

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.
Orar es seguir a Jesús que va delante. Y a Jesús lo vemos abriendo caminos de libertad. Por más reseco que lo deje todo el viento del mal, ni su fuente se seca, ni su bondad se oscurece. Lo suyo no es una huida cobarde; va hacia adelante, en silencio, buscando a aquellos que quieren vivir amando. Jesús no sabe vivir más que amando; a pesar del rechazo sigue amando. Porque el Padre es así. Orar es alegrarnos de conocer a Jesús y de ir por la vida amando como él.

Gracias, Jesús, por contar con nosotros e invitarnos a tu fascinante aventura

JUNTOS ANDEMOS EN AVENTURA SINODAL

Abrazo, mi oración y salud. Antón

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EVANGELIO ORADO

Lunes, 24 de enero 
“Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas…” (Mc 3, 22-23).
Acusan a Jesús de magia, dicen que es enemigo de Dios porque libera al ser humano. Esto es insultar al Espíritu, eso es actuar de mala fe. El Espíritu sopla donde quiere, pero se hace presente donde hay liberación, entrega, creatividad, vida compartida.
Jesús, gracias por tu confianza. No pretendo grandezas que superen mi capacidad. Pero si quieres que mi vida sea reflejo de tu amor… ¡Hágase! ¡Aquí estoy! ¡Bendito seas por siempre!

Martes, 25 de enero
LA CONVERSIÓN DEL APÓSTOL SAN PABLO
“Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc16, 15-18).
El amor de Dios no nos encierra en nosotros mismos sino que nos ensancha por dentro y nos pone en camino misionero. En el nombre del Señor toda la humanidad se llena de vida nueva. Si te fascina el mensaje que Jesús llevaba en el corazón, únete a Pablo y a tantos evangelizadores de ayer y de hoy, y lánzate al mundo a contarlo.
Señor, que mi vida proclame tu Evangelio con audacia. El lenguaje que mis hermanos entienden mejor es solo el callado amor y las obras de servicio a los más pobres. Enséñame a amar como tú.

Miércoles, 26 de enero
SAN TIMOTEO Y SAN TITO, obispos (Compañeros de San Pablo)
Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó, y el gentío se quedó en tierra junto al mar. Les enseñó muchas cosas” (Mc 3,35).
Jesús sale a los caminos con la esperanza y la alegría del sembrador. No se acobarda ante la oposición. Lo suyo es sembrar y exponer con claridad el secreto del Reino. Las semillas del perdón, de la dignidad de todo ser humano por encima de toda ley, van cayendo en toda clase de tierras.  
Gracias por no cansarte de sembrar en mi corazón tu amor. Tú conoces mi pobre barro, Señor, solo tú eres capaz de convertirlo en una buena tierra que produzca el ciento por uno.

Jueves, 27 de enero
“¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero?” (Mc 4,21)
Jesús es la luz que ilumina en medio de la humanidad; se hace presente en los caminos; conecta con la esperanza escondida de todo ser humano. Tener luz es ser conscientes de ser amados por Dios. Esta certeza es la tarea misionera que anunciamos con la vida.
Jesús, eres fuente de vida y de luz para mi vida y para la vida del mundo.  Ilumina mis actitudes, mis sentimientos, mis pensamientos con tu luz. Quiero vivir como hijo/a de la luz. Quiero escuchar y acoger la luz de los otros.

Viernes, 28 de enero
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?… Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra» (Mc 4, 26-34).
El Reino de Dios tiene dentro una fuerza secreta, unos comienzos pequeños y de apariencia modesta. Pero en esa semilla hay futuro porque está animada por el Espíritu Santo creador. El Reino excluye la ambición del triunfo personal y de esplendor social. El poder es la mayor tentación para el ser humano.
Gracias, Señor, por todo lo que cada día recibo de ti. Gracias por la vida, la fe, la esperanza. Gracias por la alegría y la fraternidad. Gracias por la Eucaristía. Gracias por María y José.

Sábado, 29 de enero
“Al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla» Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua… Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?… «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Se quedaron espantados… «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!» (Mc 4, 35-41).
Jesús nos invita a confiar en su presencia entre nosotros. No caminamos solos por la vida. Todos vamos en la misma barca y Jesús con nosotros. Él siempre está en las tormentas que nos cercan y es capaz de traernos una gran calma con una palabra. Comprende y escucha nuestros temores.
En las tormentas de mi propia vida, te grito Señor, ¿no te importa? Tu palabra, ¿por qué tienes miedo? Estoy aquí contigo, me inunda de consuelo y paz.