Comentarios de Evangelio

20 de junio de 2021
XII Domingo Tiempo Ordinario
(Jb 38, 1.8-11 ; 2 Co 5, 14-17 ; Mc 4, 35-41)

Comentarios de Evangelio
"Relais d'Évangile"

Antiguamente en la revista " Le Règne de Jésus par Marie "

Gracias a todos los cooperadores Montfortianos

Mayo (Ciclo B) 2021

2 de Mayo - V Domingo de Pascua

9 de Mayo- VI Domingo de Pascua

16 de Mayo - Ascención

23 de Mayo- Pentecostés

30 de Mayo - Santisima Trinidad

Junio (Ciclo B) 2021

6 de Junio - El Corpus

13 de Junio- XI Domingo Tiempo Ordinario

20 de Junio - XII Domingo Tiempo Ordinario

27 de Junio - XIII Domingo Tiempo Ordinario

Ciclo B

Abba… ¡Padre nuestro!

Padre, que estás en el cielo… ¿Dónde está ese cielo que tú habitas? Papá Dios, quiero reclinarme en tu corazón maternal, porque a veces hace demasiado frío y las lágrimas se cristalizan por dentro. Sentir tu calor, la pura eternidad de tu cariño, para poder mirar sin miedo el dolor de mis hermanos en cualquier esquina del mundo y hacerlo muy mío. Padre nuestro, en el hueco de tu mano cabemos todos. En ese cielo que me habita, porque no estamos huecos, porque la luz se abre paso en las entrañas. Padre nuestro que estás en el cielo…

Me gusta pronunciar tu nombre, saborearlo en silencio, sabiendo que miles de hermanos lo están gozando en ese mismo momento igual que yo. Tu nombre es nuestra paz. Y quisiera santificarlo con mi pequeña vida. Ser santa porque tú eres santo.

Te pido, Padre nuestro, que nos regales tu Reino a cada instante. Somos tan poquita cosa, nos soltamos de tu mano tan fácilmente… Danos tu Reino, la sencillez y la libertad de tus hijos, el coraje de hablar de ti sin miedos y sin tapujos. Danos amarnos entre nosotros: ser hogar cálido para el hermano. Danos tu Reino, Señor.

Y aquí, en nuestra Tierra, la que tú modelaste para nosotros, que se cumpla tu santa voluntad. Que te dejemos hacer, que te dejemos seguir creando bellezas y puestas de sol, sin destruir, sin arrancar, sin pintar de negro tus hermosos amaneceres. Lo mismo que en el cielo… ¿No estaba el cielo dentro de mí? Que yo, Señor, en este pequeño cielo de mi alma, te deje hacer, te deje ser Dios, no obstaculice tus designios, tus sueños. Que en la Tierra y en el Cielo se haga lo que tú quieres, Padre nuestro.

Tenemos hambre. Demasiada hambre en este mundo. Demasiado fuego consumiendo nuestras alegrías. Hambre de paz, de justicia, de fraternidad. Y miramos a lo alto porque solamente tú tienes el pan que puede saciarnos, solo tú puedes colmar nuestras ansias y

llenar nuestros vacíos. Danos ese pan, danos a Jesús, el fruto bendito de la Virgen, el único PAN y el único AMOR. Y acuérdate, Padre, de los hermanos, de tantos niños… que hoy no tendrán un pedacito de pan de trigo para ahuyentar las lágrimas de su hambre. ¡Padre nuestro!

Nunca he querido ofenderte, Abba. En mi pobreza he deseado agradarte, agradar a los hermanos, pero reconozco mis heridas. Por eso, me pongo en tus manos, porque tú puedes sanar, tú puedes aliviar el dolor, tú puedes hacer que mi desierto vuelva a florecer. Acoge, Padre, mi corazón herido por el pecado. Y perdóname, porque me alejé de ti. Como le pedía un hermano descalzo a la Virgen del Carmen: “Líbrame del pecado que deshace mi espíritu y corrompe mi cuerpo”.

Yo también abrí heridas en el pecho ajeno. Arranqué la alegría del rostro de mi hermano… ¡Cuánta soledad impuesta, que no gozada! Por eso también pido perdón a quienes tuvieron que volver la mirada cuando yo me acercaba para abrir brechas en su camino. Y perdono de corazón a quienes las abrieron en mis senderos.

En tus manos, Padre, recostados en tu regazo, no caeremos en la tristeza de la tentación consentida. En tus manos nos elevamos hasta acariciar la luna y las estrellas. En tus manos el cielo está tan cerca, tan dentro…

Nos acecha el mal. Nos sumerge en sus aguas profundas aquel que a ti no te quiere, aquel que apaga la luz que tú prendes en medio de nuestras tinieblas. Líbranos de él, tú que nos quieres con corazón de madre.

Amén. Así sea. Así se cumpla. Así te dejemos ser Dios. 

Un abrazo, mi oración y mucha salud. Antón

- Oración (La misa de cada día: Josep Otón Catalá)

20 de Junio

Señor, te damos las gracias
porque te has hecho presente en nuestra vida
y nos has llamado a seguirte.
Hemos escuchado tu Palabra,
nos hemos alimentado con tu Pan, la Eucaristía,
hemos recibido tu perdón y has curado nuestras heridas.
Todo esto lo has hecho porque nos amas
y te compadeces de los miedos y del sufrimiento
provocados por las vicisitudes de la vida.
Sin embargo, Tú quieres que nuestra fe crezca,
madure y arraigue en la tierra buena de la confianza.
Si nos dices que vayamos a la otra orilla,
no tenemos motivo para dudar,
aunque surjan dificultades
y creamos que nunca llegaremos.
Queremos seguir tu ejemplo
y confiar en el Padre en todo momento,
incluso cuando parece que estamos
en un callejón sin salida de la vida.
Que tu Espíritu nos dé paciencia para saber esperar tu manifestación
y fe para poner nuestra vida en tus manos.

24 de Junio

Señor, gracias por el nacimiento de Juan el Bautista,
un don de tu misericordia
capaz de superar las limitaciones de la naturaleza,
la ancianidad de su madre.
Gracias por la oración continuada de Zacarías.
A pesar de no tener el hijo que deseaba,
continuó siendo fiel a su ministerio
hasta recibir la visita de tu ángel.
Sin embargo, no se apropió de esta bendición
y aceptó la misión que habías encargado a su hijo.
A través de la vida de Juan Bautista,
Tú nos muestras cómo las relaciones familiares
pueden ser transformadas por tu Espíritu.
Te pedimos perdón por tantas ocasiones
en las que la envidia, los celos o la revancha
no nos han permitido reconocer tu Presencia
en nuestros familiares
ni alegrarnos por los dones que han recibido de Ti
Queremos seguir el ejemplo de Isabel, Zacarías,
José, María, Juan y Jesús
y hacer presente tu Reino en nuestra familia.

http://www.cipecar.org/

Lectura orante del Evangelio: Marcos 4, 35-41

Él me dio grandísima luz (Vida 30,4)

José Antonio Nieto (España)

Vamos a la otra orilla.
Frente al lamento y al inmovilismo ante lo que nos está sucediendo en este momento de nuestra vida y que nos puede llevar incluso al atasco interior y a culpabilizar a Dios (cada uno puede ponerle nombre), la propuesta de Jesús siempre es novedosa, llama al movimiento, al cambio. Jesús nos invita a pasar a la otra orilla, que es la experiencia de sabernos inmensamente amados por Dios. Subir a la barca con Jesús es dejar la superficialidad para adentrarnos en la eterna novedad. No es fácil dar este paso. A santa Teresa de Jesús le costó mucho entenderlo y darlo. Sea el Señor alabado que me libró de mí (V 23,1).

Se levantó un fuerte huracán, las olas se rompían contra la barca.
El viento fuerte y el oleaje provocados por la tormenta (también aquí cada uno puede ponerle nombre a lo que le está pasando, aunque no se lo explique ni lo entienda) acontecen mar adentro, ponen a prueba nuestra confianza en el Señor. El miedo a ser personas nuevas se levanta como una ola que amenaza nuestra barquilla. Parece que todo está en contra de que acontezca en nosotros un nuevo nacimiento. De ahí la tentación de quedarse en tierra, en la propia orilla, sin ir más allá. Santa Teresa de Jesús supo mucho de este forcejeo interior cuando se sintió llamada a ser ella de verdad: Gran mal es un alma sola entre tantos peligros (V 7,20).  

Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
Podemos fijarnos en las dos actitudes que refleja el texto evangélico: por una parte, el miedo de los discípulos (de nosotros) aterrados ante lo que está

sucediendo y por otra, la confianza de Jesús que duerme tranquilo en medio del aguacero. Es la hora de confiar en Jesús, quien, aun dormido, es garantía de salvación, de paz, de vida. A buen seguro que no falta Dios (V 15,2).

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: ¡Silencio, cállate!
Solo en la barca, con Jesús, hay vida. Los miedos van desapareciendo a medida que crece nuestra confianza en él. Con el Señor a nuestro lado vamos encontrando la serenidad y fortaleza de la fe; con el Señor y con los amigos de Dios, en los que nos habla y consuela el Espíritu Santo. Yo soy y no te desampararé; no temas… Heme aquí con solas estas palabras sosegada, con fortaleza, con ánimo, con seguridad, con una quietud y luz que en un punto vi mi alma hecha otra… ¡Oh, qué buen Señor y qué poderoso!... Sus palabras son otras. ¡Oh, válgame Dios, y cómo fortalece la fe y se aumenta el amor! (V 25,17-18).

¿Quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!
El yo, desgarrado por tantos temores y contradicciones, no se ha sentido desamparado. Hay alguien no nos abandona. ¿Quién es? Es Jesús, el Señor. Así lo expresa un hermano de nuestra comunidad: Estoy sobre la palma de tu mano / jugando como un niño. / No la quites, Señor, / fuera de ella / ha extendido la nada sus abismos (Pablo Fernández)

¡Feliz domingo!
Un abrazo, mi oración y mucha salud. Antón

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EVANGELIO ORADO

Lunes, 21 de junio
“Seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros” (Mt 7,2).
Jesús se coloca en el terreno de la gracia. Mira a todos con cariño. Invita a cada uno a levantarse y a ponerse en camino. Cuando te brote el juicio no te detengas, vete más allá hasta que te nazca una mirada de amor hacia los que tienes cerca.

Ayúdame a mirar con amor, a ver a todos como tú los ves. Que pueda reconocerte a ti, Cristo Jesús, en cada rostro humano.

Martes, 23 de junio
“Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas” (Mt 7,12). 
El proyecto de novedad que trae Jesús pasa por el trato a los demás. Cada persona es lugar de Dios. No se puede disociar el trato con Dios del trato a los demás. Mira con cariño a cuantos tienes cerca, intenta amar lo bueno que ves en cada persona y lo que te gusta menos. Tú también necesitas ser amado/a tal como eres.

Cuando me pongo en lugar de los otros, Tú liberas mi vida. Cuando te miro en los otros, me brotan gestos sencillos y palabras de verdad.

Miércoles, 23 de junio
“Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?” (Mt 7,19-20). 
Dar fruto es tener el corazón abierto para escuchar la Palabra de Dios y llevarla a la vida con la ayuda del Espíritu Santo. Dar fruto es comunicar a los demás una experiencia, una fe que hemos recibido como un don. Las obras hablan siempre más y mejor que las palabras.

El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio, el fruto del servicio es la paz (Teresa de Calcuta).

Jueves, 24 de junio
LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
“Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: “Pues ¿qué será este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él” (Lc 1,65-66).
¡Qué hermoso gesto! Los vecinos de Isabel se enteran de lo bueno que ha sido el Señor con ella, difunden esta buena noticia por los alrededores y se acercan a compartir su alegría. Acércate a compartir la alegría de los que viven cerca de ti. Amar la alegría de los demás es una forma preciosa de dar gloria a Dios.
Con los gozos de mis hermanos, me gozo. Con los éxitos de mis hermanos, me alegro. Con todos te alabo y te bendigo, te doy gracias a Ti, que haces maravillas. 

Viernes, 25 de junio 
“Se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Mt 8, 1-2). 
La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Su humanidad cura y levanta. Nos impacta la fe del leproso que se acerca y confía; se encuentra con la mirada de Jesús que sana, que acoge y limpia. Deja que él te toque y sane tus enfermedades. 
Señor Jesús, anímanos a que recurramos a ti en las necesidades para que nuestra fe se ejercite en la práctica. Llénanos de tu Espíritu Santo para que siempre y en toda ocasión podamos dar gloria al Padre y darte las gracias por todo a ti, nuestro Hermano Mayor.

Sábado, 26 de junio
“Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Jesús le contestó: “Voy yo a curarlo” (Mt 8,6).
Jesús se admira al oír la fe de un hombre, que no era mirado con muy buenos ojos por sus vecinos. Un hombre, que nos sorprende por su humanidad y por su humildad. Un hombre que se pone en camino de salvación con una gran confianza en Jesús.
¡Ven a mi casa, Señor, ven y sáname con tu amor!. Dime una palabra a mi soledad, a mis miedos, a mi esperanza. Que calle mi corazón y en ti descanse.