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¿AÚN NO TIENES TRIBU?

Pedro Pablo

Napoleón y el Papa

Miguel Ángel

Probablemente hayamos oído mil veces aquello de que a los niños "los educa la tribu entera". "Y así salen tantos salvajes hoy", respondería un chistoso.

Pero ¿qué quiere decir exactamente eso? ¿va a venir alguien de la "tribu" a cambiar los pañales a mis niños, o a meterles en la cama, o a aguantar sus rabietas? Bien sabemos que no, que todo eso nos va a tocar hacerlo a los padres. Entonces, ¿de qué va eso de educarse en la tribu?

Lo que realmente quiere expresar ese famoso dicho, es que los niños -y los que no somos niños también- se educan en todo momento y en todo lugar, a través de todo lo que ven hacer a todas las personas a su alrededor. Se educan cuando ven ceder el asiento a alguien, cuando se sujetan las puertas para pasar, cuando se dan los buenos días con una sonrisa… y se educan, mejor dicho, se deseducan, cuando escuchan las críticas a los ausentes, cuando ven a alguien colándose en la fila, cuando se hacen trampas a un juego de mesa… etc.

¿Y los padres? ¿No pintamos nada? ¿No son nuestros hijos? Claro que sí, pintamos muchísimo. En primer lugar, porque nosotros somos la parte más cercana e importante de esa tribu, y nuestro ejemplo será clave. Y en segundo lugar, y aquí es donde me quería centrar, porque somos quienes elegimos cuál será su tribu.

Sobre todo en sus primeros años, los más importantes, elegimos dónde y con quién vivimos, con quién nos juntamos, dónde estudian, qué películas ven, qué juegos tienen… durante los primeros años de su vida, su tribu será la que elijamos nosotros: seremos los arquitectos de su tribu.

Por eso tienen tanta importancia el colegio que elegimos, las fiestas a las que vamos, nuestra familia cercana y círculo de amistades, las cosas que celebramos y cómo las celebramos. No se trata del entorno o el tipo de gente, sino de los comportamientos concretos que tengan esas personas. Porque es lo que verán tus hijos hacer en esa tribu, no lo que escuchen, ni lo que piensen sus miembros, lo que les educará. No se trata de crear una burbuja, sino de elegir la mejor tribu posible, la que les enseñe las mejores formas de vivir y comportarse.

Los cristianos tenemos en esta tarea una gran responsabilidad. Cuando alguien se acerca a la parroquia, nos hace parte de su tribu, y espera que nuestros comportamientos se acerquen a los que nos enseñó Jesús. Cuando nos alejamos de esa forma de actuar, no solo nos hacemos daño a nosotros mismos, sino a todos los que forman la comunidad, especialmente a los más pequeños. Pero esa responsabilidad es al mismo tiempo fuente de una gran oportunidad: cuando actuamos de acuerdo a nuestra fe, mejoramos también a toda la comunidad, y la convertimos en una parte valiosísima de nuestra tribu.

Ciertamente, hay parroquias y parroquias, y tribus y tribus. Cada uno juzgará lo que ve. Yo, lo que veo en nuestra parroquia del Rosario, lo quiero para mis hijos. Por eso somos parte de esta tribu.

«Las virtudes cristianas convierten a los hombres en buenos demócratas [...] la igualdad no es una idea de filósofos humanistas, sino de Cristo [...] Y no debéis creer que la religión católica está contra la democracia»

Hoy parecería una obviedad que un prelado de la Iglesia católica diga esto. Más asombroso es saber que
estas palabras fueron pronunciadas por el Papa Pio VII en el año 1806. Una época donde medio mundo veía en los ideales de la revolución francesa un fenómeno anticatólico.

La vida de los papas ha estado y está sujeta a muchos peligros. El caso más cercano lo tenemos en el atentado a Juan Pablo II en 1981.
Corría el año 1797 cuando el Papa Pio VI se las veía con la persecución anticlerical revolucionaria y con las ambiciones francesas sobre Italia, y los Estados Pontificios.
Corrían tiempos tumultuosos donde pasiones, ambiciones e ideales se mezclaban de forma impredecible.
Aquí entramos en una historia romántica, oscura, de espías y conspiraciones. Desirée la exnovia de Napoleón (aun no era el Emperador), se encuentra en Roma, acompañando a su hermana Julia, casada con otro Bonaparte, José, nuestro Pepe Botella, a la sazón embajador de la Francia revolucionaria en Roma y enviado especial del Directorio para montarle en secreto una revolución al Papa en sus propios Estados.
Es digno de mencionar que Napoleón era al principio el novio de Julia y José era el de Désirée. Pero Napoleón, primero le cambió la novia a su hermano y luego rompió la promesa de amor con Désirée y se casó con Josefina Beauharnais. Así las jugaba el futuro "Empereur". La cuestión es que mientras el papa Pio VI vivía con cierta incertidumbre la expansión de las ideas revolucionarias, en la embajada francesa en Roma,se cocinaba su futuro. Otra cosa que se cocía en la Embajada era la boda de Desirée con el general Duphot, que de esta forma hacía merito delante de los Bonaparte, dándole un premio de consolación a la despechada Desirée.
Pero ¿cosas del destino?, el día antes de la boda, Duphot es asesinado en la Embajada. Que disgusto para la maltratada Desirée y qué bien le viene a los Bonaparte echarle la culpa de esta muerte, al Papa. En dos meses las tropas francesas no solo habían invadido, ocupado y saqueado Roma, sino que el Papa iba camino del exilio dirección París. Ya anciano y muy enfermo, no resistió el viaje y murió en Valence-sur-Rhône, en el camino de Lyon, donde se le negó un funeral cristiano y se colocó una lapida con esta inscripción: Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice.
Pío VII recordaba bien lo que le había ocurrido a su predecesor, cuando cuatro años después el ya Dictador Napoleón le propuso un concordato.
El concordato servía para acabar con la persecución a la Iglesia francesa, pero establecía unas condiciones de sumisión absoluta al poder civil. A la vez al Dictador le servía para ganarse a la mayoría católica francesa que lo veía como salvaguarda de la fe, tras la dura época revolucionaria.
En 1801, Napoleón se llevó al Papa a París para que le coronara, aunque en el último momento, le quitó la corona de las manos, dejando claro que el que se coronaba era él y nadie más que él.
La autonomía papal estaba en mínimos y después de esquilmar las cuentas vaticanas de forma sistemática, cuando en 1806 Pio VII se mostró neutral ante Inglaterra, Napoleón no dudó en invadir de nuevo Roma y llevarse detenido de forma definitiva a nuestro atribulado pontífice.
La labor papal se hizo muy difícil en esa época pues mientras el Emperador era benevolente con la maltratada Iglesia francesa, sus tropas esquilmaban por donde pasaban el patrimonio de iglesias, conventos y catedrales. Pero este se resistió y cuando Napoleón intentó atraerlo a su causa, éste se mostró irreductible. Se negó a tocar el dinero que le habían ofrecido como compensación por su encierro, rechazó a los obispos nombrados por el emperador y no quiso reconocer su divorcio de Josefina ni su nuevo matrimonio con María Luisa de Austria.
Tras esos años tan duros Pio VII recuperó su sede cuando en 1814 el sueño napoleónico se vino abajo, tan rápido como había venido.
Por ello adquiere más valor la expresión del Papa respecto a la democracia, que tampoco se deja arrastrar por una reacción ante la persecución revolucionaria y mantiene los principios de Cristo, por encima de todo.